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21 de Agosto de 2016 – Vi veri veniversum vivus vici

No, mi querido lector, no he olvidado éste pequeño rincón en que albergo las palabras que mi alma no puede callar.

Se que es pertinente mantener mi escritura constante, permanecer agregando contenido para que las personas, como tú, mi querido lector, quieran seguirme visitando, sin embargo, existe una razón muy poderosa para haber dejado de escribir en éste blog por casi cuatro meses: Debía concentrarme.

Mi más grande batalla está llegando a su fin, después de un sacrificio tremendo y un esfuerzo «titánico», por fin puedo sentir que toco el sueño de mi vida. Una batalla que no dejaré de pelear, y una batalla que ganaré. Ahora lo siento, mucho más que nunca.

Mi concentración y el sacrificio de todo mi tiempo libre fueron el precio para terminar, por fin, este semestre y, con él, el grueso de mi carrera. Sí, mi querido lector, se que podría no parecer mucho, pero quiero que lo entiendas: Éste es el sueño de mi vida.

 

 

Cuando me encontraba en mis estudios colegiales, hace ya más de 18 años, era un chico tímido, retraído, asustadizo y con casi cero autoestima. Mi vida sólo existía para mis estudios, para mi día a día, para cumplir con las órdenes de mis mayores, para hacer todo perfecto, para sobrevivir

Sí, mi querido lector. En esencia, era una rata de laboratorio sin vida propia.

Y entonces, terminé mi colegio: Becado, con sobresalientes desempeños en todas mis asignaturas, amigo de mis profesores (y uno que otro estudiante), elogiado temporalmente por mi familia, con diplomas y menciones de honor, con una forma primigenia de libro de poesía…

 

 

… Ajeno a un amanecer, o un atardecer…

… Sin conocer el valor o el miedo…

… Sin saber la importancia del sudor sobre mi frente…

… Carente siquiera de swing para el más sencillo de los ritmos tropicales de moda, tanto antes como ahora…

… Sin conocer el coraje de levantar la mirada del suelo siquiera…

… Ignorante del calor de un abrazo, de la dulzura de un beso…

 

 

… Solo, al final del primer capítulo.

 

Entonces podrás imaginártelo, mi querido lector.

Tres amigos, un diploma colgado en una pared, una insípida mención de honor, una odiosa corbata roja, ninguna fotografía y un montón de lágrimas.

 

Tenía muchos deseos entonces y era muy joven, es cierto. Pero, al fin y al cabo, viví… Sin vivir.

 

 

 

Y así pasaron los años y las experiencias llegaron. Algunas, como es normal, me enriquecieron como ser sensible, podría decir. Otras, preferiría no tener que recordarlas. Es normal, supongo, así es la vida. Y entonces, por azares del karma, aquel sueño que se había forjado en mis años de colegio apareció nuevamente, abrió una pequeña ventana y, al mirar por ella, comencé a librar mi más dura batalla.

Y no nos equivoquemos, mi querido lector, porque ésta es mi más dura batalla.

 

 

¿Cuánto de lo que era ese joven tímido y solitario queda en mí ahora, luego de haber alcanzado el culmen de tan ardua gesta? ¿Qué tanto persiste en mí de ese pequeño niño llorón y asustadizo que era demasiado joven para su cuerpo de 14 años?

Tal vez no lo se. Tal vez, nunca lo sabré.

Lo cierto es, mi querido lector, que han pasado dieciocho años desde que terminé ese primer episodio de mi vida. Y ahora, el segundo esta llegando a su final.

Ahora, he dedicado toda mi fuerza en cumplir estos estudios, he dejado en el pavimento sangre, sudor y lágrimas y he dado lo máximo de mi propia esencia para caminar ésta senda. Porque, en éste punto de mi vida, sólo hay una persona a quien quiero enorgullecer más que a nadie. Sólo uno a quien debo vencer.

Y haber terminado, finalmente, mi proyecto de grado, es la representación de todos estos años de lucha, de tantas pedaleadas, todas las veces que he sangrado y caído, todas las lágrimas y las noches sin dormir, las personas que llegaron y se fueron, mis nuevos buenos amigos e incluso aquellos que terminaron por odiarme… Ella… Todo lo que fui y todo lo que soy, incluso éste mismo espacio, todo el tiempo que ha pasado, las veces que he estado cerca a la muerte, y aquellas en que he tocado la vida más que nunca…

… Todos los hermosos amaneceres y anocheceres…

… El coraje y el sacrificio…

… Todo el trabajo sin parar…

… Todos los pisos que he lustrado bailando, mal aún

… La fuerza que el cielo y la tierra me han dado, y la bendición de pertenecer a sus dominios…

… Los abrazos, los besos, las caricias, las buenas palabras y las hermosas miradas…

 

… La confianza de tantas y tan maravillosas personas me ha traído hasta éste punto en mi vida. Y hoy, aunque falta un pequeñísimo paso, doy mi misión por cumplida con una orgullosa, incluso soberbia, sonrisa pintando mis labios.

Hoy, luego de mi máximo esfuerzo y de nunca rendirme, puedo decir con todo orgullo que ¡SOY INGENIERO!

 

Y la mejor lección que puedo darte, mi querido lector, es justamente ésa: Nunca Te Rindas. Al final, todo va a salir bien.

 

 

Buenas noches…

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