29 de Diciembre de 2023 – Sobre el «daño»

El día de hoy estuve en un taller… Uno de estos talleres de espiritualidad y crecimiento personal.

No, mi querido lector, no fue uno de esos talleres estúpidos de falsos coaches. Este fue un taller corto y sustancioso, donde se hicieron procesos meditativos para cerrar el año 2023 y comenzar «con el pie derecho» el año 2024. Un taller ritual de año nuevo.

Me quedó doliendo la cabeza, si te soy honesto, mi querido lector. Pero, por otro lado, fue beneficioso para mí, en formas que no imaginaba en un principio. Porque noté algo que nunca había notado antes.

 

 

 

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Verás, mi querido lector, uno de los ejercicios que se propusieron es el llamado «Yo soy». En el, escribes en papel frases compuestas de «Yo soy» y un adjetivo que defina algo, preferiblemente negativo, que hayas creído o te hayan hecho creer durante tu vida. El objetivo, como imaginarás en este tipo de rituales de año nuevo, es quemarlos al final luego de que se haya hecho un poco de programación neuro-lingüística (un término con el que no estoy de acuerdo, pero ese cuento te lo cuento después) para convencer al paciente de transformar esa frase que con que te defines, ya sea por decisión propia o porque te lo hayan hecho creer, en una frase que conlleva una emoción positiva y que te permita sentirte mejor contigo mismo.

Y es ahí justamente, mi querido lector, donde me di cuenta de algo… inquietante.

 

 

 

 

Entre todos los pedazos de papel que estaba por quemar, uno llamó mi atención. Fue entonces cuando llegaron a mi mente viejos recuerdos, que no había revisado en mucho tiempo.

El primer recuerdo que tengo de mi vida lo recuperé en una de mis primeras experiencias de meditación. Consiste en mi madre, cargándome. No habré tenido más de uno o dos años de vida. Recuerdo bien que el suelo brillaba un poco y ella me levantaba de una cuna de color claro. me cargó, me miró a los ojos y me abrazó. Hoy puedo entender que era un día soleado y la luz de la mañana rebotaba sobre el suelo de cerámica de aquella casa, alterando algunos colores como suele hacer.

Era un recuerdo bonito. Se sentía bien.

 

El siguiente recuerdo de mi vida que aún tengo presente sólo se daría un tiempo después. Recuerdo estar en una casa grande en mi pueblo natal, jugando con un gran helicóptero de juguete que mi tía me había enviado desde los Estados Unidos. Era algo parecido a un helicóptero de combate, recuerdo que tenía luces rojas donde deberían estar las armas de fuego, y también dos misiles blancos con rojos, anchos. Recuerdo que las aspas del helicóptero giraban y me intrigaba mucho el por qué. Pronto, lo desarmé como sólo un niño de unos 4 años de edad podría haberlo hecho. No habría podido entender el funcionamiento de un servomotor ni de la electrónica compleja de aquel entonces luego de abrir el mecanismo.

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Hoy, esa anécdota se conserva en mi familia como un cuento divertido, y uno de los primeros atisbos de mi mente divergente. Pero, en mi caso, el recuerdo continúa con una frase, dicha por un tío mío y que recuerdo claramente mientras me señalaba con su dedo índice mientras observaba los trozos despedazados del juguete que recién había recibido. «Definitivamente todo lo que toca lo daña», es una frase que jamás he olvidado de ese recuerdo en concreto, especialmente porque me la repitieron en varias ocasiones varios años después, y porque la sensación que me dejaba esa frase, que venía acompañada de un daño que hacía, era cada vez más horrible para mí.

 

 

Casi paralelo a ese recuerdo, tengo uno en que muchos niños me dicen una palabra, la que más detesto en el mundo. Este es un recuerdo que había olvidado hasta ahora, pero ese es un tema para otra entrada.

 

Tal vez no sepas esto de mí, mi querido lector, pero yo detesto el daño. Detesto la sensación de dañar algo o a alguien, Hasta tiempos muy recientes pude darme cuenta de esto con total claridad. Tal vez sería la peor sensación que pudiere experimentar, de no ser por la sensación de ser dañado…

… Y la que tengo con aquella frase de la que te hablaba, pero como te dije, esa historia es para otro día.

Desde que tengo memoria he considerado la violencia como algo inaceptable. Nunca la he justificado bajo ninguna circunstancia, con una notable excepción, aunque esa no es el caso aquí. El caso, mi querido lector, es que es posible argumentar, con facilidad, de hecho, que la violencia tiene como resultado el daño. He conversado con mi mejor amigo al respecto de esto en varias ocasiones y él considera que el daño es relativo. Einstein podría estar de acuerdo con él, pero yo no.

El daño no es relativo, porque es medible y cuantificable casi en su completitud. Cuando rompes un objeto, por ejemplo, se puede medir con precisión la forma de la ruptura, las consecuencias de la misma y el costo de la reparación, así como el costo del objeto roto en sí mismo. Lo mismo sucede con las personas: Cuando, por ejemplo, eres robado violentamente, puedes cuantificar cuánto te robaron y qué lesiones te provocaron para quitarte tus objetos de valor, así como la cantidad de energía invertida en el robo y el valor final del botín. Puedo darte más ejemplos, pero creo que mi punto queda claro.

 

 

No, mi querido lector, no estoy de acuerdo con que el daño sea relativo. Lo que es relativo, sin embargo, es la percepción del daño.

Volviendo al ejemplo del robo, que mencioné anteriormente, puede que los objetos robados no sean tan importantes para ti, puede ser que sean prescindibles o reemplazables con facilidad y, por lo tanto, el robo no tenga mayor importancia. El daño percibido es mínimo a comparación del daño real. Pero, si los objetos tienen valor material o sentimental elevado, o si te hicieron lesiones físicas importantes, el daño percibido es mayor al daño real. Hay varias disciplinas en la justicia criminal y la criminología forense que podrían apoyar este postulado, pero creo que mi punto queda muy claro: El daño no es relativo, sino la percepción del mismo.

Y, sin embargo, daño es daño, mi querido lector. Y en todos los casos, odio la sensación de dañar a alguien o a algo. Especialmente, porque esa sensación viene acompañada de un profundo sentimiento de culpa.

Culpa, por haber dañado.

Imagino que, inconscientemente, mi mente vuelve a esa sensación tan espantosa que tenía cuando era niño y recibía esa frase, o la forma derivada de la misma que también recuerdo mucho: «Usted sólo sirve para hacer daños» (Aunque no recuerdo quién me dijo esta versión, honestamente).

Honestamente, no tengo idea de cómo se llama esa sensación. Sólo sé que es terrible para mí. Y la culpa que llega después de esa sensación es aún peor.

El mensaje en el papel, en aquel que iba a quemar, decía: «YO SOY DAÑINO». Cuando debía quemarlo, se supone que debía convertir esa expresión en una frase positiva, que evoque una emoción o un sentimiento agradable y positivo, que pueda darme alguna forma de catarsis.

No pude encontrar ninguna frase para transformar ese hecho en mi vida.

Tendré que analizar esta información más a fondo.

Buenas noches…

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