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Lágrimas de Fantasma: La Galería

El aire puro refrescó la mente de Miguel mientras su guía caminaba unos pasos delante de él. Sin embargo, una duda albergaba su cabeza.

– ¿El viejo? ¿En serio? – Le preguntó sin detener sus pasos – No lo creí posible. Tal vez del niño, pero no de…
– ¿Qué no conoces al viejo? ¿Qué no sabes por qué puede llorar? ¿O por qué lo haces tú? – La respuesta lo hizo callar en seco. No por su tono, aunque fue evidentemente fuerte; sino por su quiebre. También estaba a punto de llorar.

El Migue bajó su cabeza levemente mientras continuaban su caminata sobre el cristalino río. El viejo le dolía, y no quería que se sintiera como sospechaba, pero en medio de todo algo lo lograba reconfortar: Al menos, en su tragedia, Miguel no estaba solo.

– Nos tienes a nosotros, nunca estás solo – le dijo ella, girando levemente su cabeza para no perder de vista al joven, aún vestido con los harapos que siempre terminaba por usar en las noches. 
– Fácil decirlo, aquí adentro es verdad. Pero allá…
– ¡Allá también estamos! ¡No lo olvides! Sentimos lo que tú, pensamos lo que tú -Replicó entre gritos la mujer dando la vuelta hacia él. Le iba a replicar algo, cuando vio que ella también estaba sollozando -. Así que no me digas que no hemos estado ahí…
– Lo siento…
– Aún no lo sientes. Pero lo harás.

Acto seguido, ella se giró de nuevo y siguió caminando Pronto, se oyó que respiraba con más calma mientras ahora rodeaban el flanco izquierdo del bosque, entre tanto que las brillantes luces de colores que circundaban los troncos seguían su rutina de giros y giros. Aunque hermoso, el Migue no se detuvo para contemplarlo como había hecho en otras de sus visitas. Esa no es la razón de haber venido aquí ésta vez.

Pronto, el arroyo quedó atrás para los dos caminantes. Igual que la extensa pradera, el bosque y el pequeño lago. Incluso el hermoso castillo plateado que brillaba a la luz del sol y la luna en aquel momento y atraía siempre las miradas, fue ignorado en ésta ocasión.

El camino continuaba, y el destino era claro. La cueva en la montaña les abría paso desde su entrada, cada vez más cerca de ellos.

– ¿Qué encontraré aquí? – Preguntó el viajante, sin mostrar signos de fatiga alguna, más que en sus propios pensamientos.
– Respuestas. Pero son las preguntas lo que importa, ¿Verdad? – Replicó la mujer, girando levemente su cabeza mientras continuaba su caminata.

Pronto, la cueva frente a ellos, no tan grande como se pudiese imaginar, esperaba apacible. Se miraron mutuamente a los ojos. El, con su atuendo habitual. Ella, con la minifalda y el corto top, ambos negros, que combinaban perfectamente con su cabello, cortado a la altura de los hombros. Miraron al frente entonces, y avanzaron al interior de la negrura.

Pronto, los ojos de Miguel se acostumbraron a la oscuridad. Las estrellas en el cielo de la misma dejaban ver con claridad el insondable laberinto de salientes, grutas y caminos de piedra frente a ellos. La mujer comenzó a andar con pasos lentos, pero firmes.

– ¿Vienes? – Le preguntó haciendo una minúscula pausa en su andar. El emprendió el camino, siguiéndola en todo momento. Se sentía intrigado por lo que estaba pasando. Nunca antes lo habían invocado, y jamás imaginó que la primera vez que algo así sucedía iba a ser ante tan… dolorosas circunstancias. Sin embargo, si de algo podía estar seguro, era que los siete no lo habrían traído a ésta locura sin una buena razón. – Correcto – replicó ella a sus pensamientos -. Pero no te retrases. Tu tiempo es corto, y también el nuestro. Sigamos.

Pasó el tiempo. Sería imposible, dado el lugar y la situación, saber si fueron segundos, u horas. Pero, por fin, ella se detuvo. Frente a ellos, una gran puerta de piedra se alzaba majestuosa.

Sólo tuvo ella que tocar la roca para que las fauces del portal se abrieran frente a los ojos de ambos. Detrás, como antes, sólo una insondable oscuridad.

«Entra». La voz de la mujer hizo que Miguel girara la cabeza hacia ella… Pero había desaparecido. Era normal, pero no dejaba de sorprenderle.

Tras unos instantes de dudarlo, el Migue entró en el oscuro e inmenso espacio. Pronto, sus ojos se acostumbraron nuevamente y, de súbito, se encontraba en una hermosa y gigantesca habitación rectangular, más larga que ancha. Las paredes grises inmaculadas se extendían hacia arriba, hasta desaparecer en un profundo azabache nocturno. Unos cuantos puntos brillantes adornaban el cielo del lugar, cual si de estrellas se tratasen.

El hombre comenzó a caminar. Sus pasos golpeteaban suavemente el suelo de robusta y pulida madera, mientras unas cuantas luces que surgían del suelo mostraban, a lado y lado, una serie de vallas cerradas. Sobre las mismas, números romanos se alzaban. 

Al pasar por la reja marcada con el símbolo I, la curiosidad le hizo contemplar momentáneamente la inmensa botella de perfume de sándalo colocada sobre un estante, al lado de una hamburguesa a medio comer. Miguel continuó mientras hacía una pequeña mueca. La II fue un poco más bonita. Adentro, una gran estatua de una hermosa águila con un ala quebrada. Él siguió adelante lentamente. Un lamento silente por María pasó por su mente. 

III, por su parte, era un pequeño cuartucho, sin mucho que ver.

Sin embargo, al llegar a IV Miguel detuvo sus pasos por un instante. Contempló la hermosa pintura que salía de su marco. Una hermosa mujer de piel trigueña y delgada figura, en un sendero rojo, teñido por sangre que no le pertenecía, y que le miraba con una profunda tristeza mientras su mano izquierda sostenía una hoz de huesos y su mano derecha sostenía su abdomen.

«Aún no», le susurró suavemente, mientras no dejaba de contemplar, a su vez, a la pequeña figura que se formaba entre la sombra que dejaba la imagen tras su cuerpo, con un agridulce gesto de seriedad.

V, por su parte, resultó ser algo más… salvaje. Un incendio aguardaba tras la reja, sin consumirse nunca. Voraz como pocos y caliente «como la quinta paila del infierno», inundaba por completo la habitación que le correspondía sin que tuviese forma de ser controlado. En el centro del mismo, una figura negra, de silueta delgada y posición férrea,  emprendió carrera directamente contra la reja. Miguel sólo pudo huir. Como antes…

Tomó unos momentos para recuperar el aliento, más por instinto que otra cosa, unos segundos después de haber corrido como alma que lleva el diablo. Sin embargo, su expresión pasó del miedo que le había embargado hacía poco, a una profunda tristeza.

Frente a sí, al final de tan largo corredor, había un portón. No había reja ésta vez…

Sabía lo que había delante. Sabía lo que significaba. Y ahora entendió por qué los siete lo habían convocado a éste sueño tan peculiar. Pero, aún así, no podría confiar nunca en nadie más que en aquellas manifestaciones.

Cerró los ojos por un momento, armándose de valor. Tomó una imaginaria bocanada de aire, y lanzó su pie izquierdo hacia adelante, comenzando la caminata hacia el interior del recinto.

Sobre aquel marco, resaltaba el número que, ahora, definía su realidad. Un doloroso momento de su presente que, a falta de poder olvidarlo, sólo le costaba intentar comprender…

VI

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