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Los Olvidados: Vida

Al nacer, la madre de Endymion falleció. Desde entonces, el chico y su padre caminaron la tierra, siempre ayudándose, entendiéndose y acompañándose el uno al otro. Siempre juntos.

El pastoreo estuvo presente en su humanidad, y su padre le enseñó todo lo que sabía sobre ello, como antes lo hiciere su padre, y el padre de su padre, durante generaciones. Jamás pudo decirse que tuvieren problemas, y llegaron a tener un rebaño propio, tan grande como prestigioso, por lo que nada les faltó en el tiempo que tuvieron juntos. Cumpliendo con su herencia, el joven se convirtió pronto en un pastor reconocido, como su padre, en la villa de Attymateah, e incluso en sus alrededores.

Aunque aquel poblado gozaba del lema «Nadie aquí es extranjero», sí hubo gentes que, por vivir ahí, se hicieron amigos del joven pastor. La mayoría, como suele pasar en una aldea como ésta, pasarían anónimos por la historia de aquel joven. Sin embargo, hay un par de personajes que marcaron sus últimos años.

La primera de estas personas fue la chica que, como solía recordarlo, «lo convirtió en hombre». «Aalura», así se hacía llamar en el burdel donde solía trabajar. Aunque, por supuesto, pocos conocieron su verdadero nombre y, Endymion, desde luego, no fue uno de ellos. Pero importó… Y se podría decir que importó para ambos. «Recuerdo sus caderas y sus besos», solía decir de vez en cuando, al calor de unas cuantas botellas de vino mientras, por su mente, una lágrima se guardaba en el baúl de los recuerdos.

Pelirroja, alta como pocas y bastante esbelta, la prostituta solía ser el centro de atención de «La casa del Gordo», donde la conoció una aciaga noche de jolgorio. Y, aunque comenzó como un cliente habitual cuyo padre quería que su primera barba valiera algo, pronto sería especial para ella. Se vieron varias veces, algunas con piezas de plata de por medio, desde luego. Pero pronto la ternura y el respeto entraron a la mezcla y eso, a ella, le encantaba.

Aunque, nunca hubo amor. No valía la pena para ninguno de los dos. Pero eso no importó en lo absoluto, el cariño y la pasión sabían reemplazarle muy bien. De hecho, algunas veces se veían fuera del burdel a escondidas y salían a hurtadillas a alguna aldea vecina, o al lejano campo, donde podían, por algunas horas al menos, disfrutarse de muchas más maneras que intercambiando su sudor en un catre sucio y desgastado. Bebían, caminaban, conversaban, bailaban, o, simplemente, se miraban en silencio por largo tiempo, cada uno tomando el hombro del otro. Nunca hablemos de mi trabajo era la única regla que ella pedía de parte de aquel hombre.

Parecía que iba a durar.

Pero, un mal día, «El gordo» anunció en el pueblo, para tristeza de muchos y regocijo de unas cuantas, que «Aalura», su chica estrella, había sido vendida a un nuevo amo. Nunca hubo tiempo de preguntas, lágrimas o despedidas. Simplemente, nunca volvería a saber de ella.

La segunda persona en la vida de Endymion, fue un joven aventurero, siempre ávido de combates y del poder para ganarlos, o… Al menos, así lo hacía ver. Hazard era su nombre y se hizo amigo del joven pastor desde que ambos eran niños. El iba y venía con la gente que pasaba y, aunque las habilidades que presumia tenían cierto renombre, pocos sabían de su existencia y serían aún menos los que lo llegaran a conocer tanto como el chico de la pradera.

Siempre que volvía a Attymateah, el primero en saberlo era el joven pastor. Ya era típico el saludo entre ambos en la colina donde su rebaño se encontraba: «¿DÓNDE ESTÁ LA BOTELLA Y LAS BOCAS PARA VACIARLA?», preguntaba en un grito el aventurero desde la distancia. Endymion, como siempre, salía corriendo de su cueva a recibir a su viejo amigo con una botella de aguamiel o vino de Delfos y respondía airoso «¡AQUÍ, COMPAÑERO, Y MÁS TE VALE QUE YA HAYAS CENADO!». La mañana siguiente al encuentro la constante, en ambos camaradas, era la monumental resaca, con los dos acostados sobre el prado, el cielo golpeándoles el rostro, varias botellas vacías y una que otra cabra por ahí.

 

 

 

Pero, más importante que las consecuencias de tales excesos, era lo que pasaba en medio de tales borracheras, siempre entre tambaleos, risas y conversaciones.

Hazard comentaba sus aventuras, a las que Endymion respondía o, simplemente, se maravillaba de ellas (O, tal vez, le causaba tanta gracia que no atinaba a hacer comentario alguno). Entonces el viajante trataba de mostrarle una o dos de esas gloriosas habilidades de combate que había aprendido a fuerza de palizas dadas y recibidas, lo que terminaba, dados los tropiezos del expositor, en una sarta de carcajadas por parte de ambos compinches. Luego el pastor contaba sus aventuras, y las respuestas eran, prácticamente, las mismas…

  • … Aún recuerdo sus caderas y sus besos – Decía Endymion, particularmente ebrio, alguna noche.
  • Lo sé, mi amigo. Lo sé. Pero, ¿Sabes algo? – Aporta Hazard.
  • ¿Qué viejo amigo?
  • ¡Yo también!
  • ¡Hijo de puta!
  • ¡Cierto, y lo sabes!

Ambos se ríen. Uno de ellos, nerviosamente.

 

  • Bueno, eso no me molesta – Replica el pastor -. A ella la han tenido muchos, pero con…
  • ¿Aún sigues con esa locura?
  • Por ella no he enloquecido, mi amigo. Sin ella, hubiera muerto…
  • Tranquilo, eso lo sé. Es sólo que me sorprende. Es que tendría sentido si fuera… – La voz de Hazard se entrecortó. Para su amigo no era fácil hablar de eso.
  • … ¿Real? – Respondió el pastor, casi en medio de un susurro, con la mirada baja y una leve sonrisa.
  • … Alcanzable. ¿En serio crees que alguien que no ves…
  • ¡Sí la veo, mírala! – Endymion señala al cielo mientras sus ojos, perdidos por los vapores del licor en su cabeza, tratan de enfocarse hacia arriba.
  • … ¿En serio crees que alguien que no ves como te lo podrías imaginar, y que nunca, nunca baja de su sitio, se fijaría en alguien como tú? ¿O como yo?

 

 

 

 

La fogata ardió en silencio por un rato. Solo el viento que soplaba suavemente y las llamas frente a ellos logró que aquella escena no se tornara tétrica.

  • No me importa, Hazard. Sé que está ahí.
  • Lo sé. Tú tienes una vida simple – Respondió el guerrero, comprensivo -. Sólo espero que, algún día, exista alguien con quien puedas despertarte en las mañanas, y no sólo soñar en las noches…

Cambiaron el tema después de esa frase. Hazard no lo impidió, él sabía que continuar no estaba bien. Después de todo, eso también marcaba la vida de su amigo. Y sólo ocurría en las noches…

 

 

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