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Ojos de Serpiente: Caos

Nadie hubiera imaginado que tan buenas intenciones sellarían el comienzo de tal pandemónium.

Miguel lo estaba viendo, a sólo un par de horas de haber bautizado las dos fotografías que colgó en su perfil, en la famosa red social, la conmoción estaba salida de todo contexto.

Las reacciones no se hicieron esperar. Una «carita feliz» de parte de Sofía encabezó, una hora después de su publicación, la lista de reacciones en la famosa «caja de comentarios», propia de cada foto o publicación cualquiera que es colgada en aquel sitio. Luego opinó un primo de él, deseando lo mejor para la nueva pareja, a esa nueva opinión se sumó una tía y también José, con las mejores intenciones que tales imágenes les merecían, y algunas personas empezaban a colocar reacciones de extrañeza, cada uno a su manera.

En ese momento, Miguel aún no notaba que algo extraño sucedía en la cabeza de cuanto observador encontraba las fotos.

Después de algunos comentarios, Katherin, gran amiga y con quien Miguel hablaba frecuentemente, exclamó como si, entre unos y ceros, se pudiese hacer llegar un grito al cielo mismo para que el mundo entero lo escuche: «¡PERO MIGUE, EN QUE ESTAS PENSANDO, HOMBRE, REACCIONA!», mientras que Alma, amiga de Katherin, solo atinaba poner imágenes de dibujos asqueados en vez de comentarios, dejando clara su posición al respecto.

Ese fue el principio de la debacle.

Algunos amigos y unos cuantos metidos empezaron a opinar al respecto de las fotos. «No puedo creer esto», decían algunos incautos que poca opinión podían brindar. Algunos se limitaban a opinar con calma y cautela frente a la cadena de eventos que estaban por desatarse, como su fiel amiga Aria, quien supo ser sabia y expresar: «Migue, si estás seguro de esto es lo que quieres, yo respeto tu decisión y te apoyo completamente».

Pero esto no amainó la avalancha de comentarios de odio y asco que empezaron a ser mostrados en los minutos subsecuentes, provenientes de más de diez personas diferentes.

Otros, por su parte, ponían su cuota de controversia, cada quién a su manera. Como aquel amigo de Miguel a quien se le suele llamar «Hacker», quien no tenía reparo alguno en hacer comentarios fuertes y cómicos en cualquier parte y por cualquier razón, dijo solemnemente «Bueno, hermano, a falta de mejor opción…», o por ejemplo Sandra, con quien había departido en algunas ocasiones, dijo, entre palabras soeces «MIGUE, CUIDE SU HÍGADO, QUIÉRASE UN POQUITO».

Desde el primer comentario hasta éste último, habían pasado 20 minutos.

Aquel pobre hombre solo seguía viendo la pantalla de su computadora, impresionado a falta de alguna palabra que describiera mejor aquella sensación que se mezclaba entre sorpresa, horror, shock… y enojo. Y es que, en su ingenuidad, no comprendía la gravedad con la que todos a su alrededor veían la situación.

Al fin y al cabo, sólo se había tomado dos fotografías.

«Pido que, por el respeto que a todos les he profesado en todo momento, mantengan el mismo respeto para conmigo, si es verdad que estoy cometiendo un grave error, como todos lo dicen, el tiempo sabrá decirlo. De momento, la dama salió conmigo y espero que puedan mantenerse al margen, si no son capaces de respetarlo», escribió Miguel, tratando de tomar control de la locura que estaba viendo frente a sí.

Poco o nada pudo hacer un comentario como este. Las reacciones continuaron como una marejada en los diez minutos siguientes, ahora aderezadas por peticiones de algunos de sus amigos, en las cuales le rogaban que huyera de ahí, que se alejara de Sofía, que no tenía ni idea de lo que le iba a pasar.

Sin embargo, años de haber sido víctima de matoneo constante cobraron su cuota y sus voces le dijeron, erróneamente, que sólo lo estaban atacando porque se trataba de él.

Mientras el tiempo iba transcurriendo y él, horrorizado, veía el colapso sistemático de su pequeñísima fracción de la sociedad, una ventana de conversación se abrió en su pantalla. En esencia, pasó lo único en esa tarde de domingo que él sí vio venir.

  • Migue, Hola.
  • Hola, John. Esto sí lo esperaba…
  • Hermano, no soy quién para decirle con quién andar ni qué hacer con su vida, pero déjeme pedirle que considere… ¿Tanta gente equivocada?
  • Pero no entiendo, John, alguien se toma dos fotos y es normal, pero si soy yo se vuelve inaceptable, y eso es molesto… ¿No cree?
  • Las cosas no son como usted las cree.
  • Es que me enerva, sólo me tomé dos fotografías. ¡Dos Fotografías! ¡Y tienen que armar semejante bochinche por ello!
  • Es que no me está entendiendo…
  • Mire, hagamos algo… Déjeme tomar mis propias decisiones. Y ya veremos si acaso tanta gente está equivocada.
  • Como quiera.

Era inevitable esta conversación. También la forma en que ambos actuaron frente a la misma.

Para John, Miguel estaba cometiendo un serio error. No tenía ni idea de la calamidad que estaba desatando sobre sí mismo y, como alguien que sí lo sabía, y se preocupaba por él, debía impedirlo… O, al menos, advertirle. Pero también sabía que, cuando a Migue, como lo llama la mayoría, algo se le mete en la cabeza, no hay forma de sacarlo hasta que él mismo lo haga.

Así que debía dejarlo sufrir, aún cuando le doliera permitirlo. Aún si le pedía ayuda.

Por su parte, para Miguel, John sabía algo que él no. Confiaba en él, además, pero luego de la traumatizante historia que Sofía le había contado, tenía que averiguar qué carajos era lo que estaba pasando allí… Antes de que su mundo terminara de colapsarse.

Por otro lado, no entendía cómo dos simples fotografías, tomadas en una noche agradable, pudieran causar tanto alboroto…

… En especial, si sólo eran amigos cuando la foto fue tomada.

Lo cierto, y por mucho, es que a Miguel le dolería. Y que pediría ayuda…

Jamás había acertado tanto en dar nombre a un par de fotografías. Pero nunca creyó que sería en ese sentido.

«Una noche mágica. Y una historia interesante».

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