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Ojos de Serpiente: Colmillo Roto

«Mira, Miguel, yo se que he sido demasiado cruel contigo, pero quiero que entiendas que no permití que te acercaras porque no sabía si debía acercarme a ti. Simplemente tenía mucho miedo, y quiero que entiendas que no fue por hacerte un mal, yo soy una buena mujer, ¿Recuerdas?

No te merezco, lo tengo claro. Pero quiero que entiendas que hay algo en mí que no había descubierto hasta ahora… Pero ya lo he hecho, lo tengo tan claro que me ha golpeado en el alma. Por eso era… No quería tenerte cerca porque no quería aceptarlo, pero ahora lo acepto, lo abrazo con orgullo…

… Lo cierto, lo que siento…

ES QUE TE AMO, MIGUEL, ¡TE AMO!

Ya me he decidido, quiero que seas mi novio, ¡Al diablo con John y sus intentos de destruirme, al carajo con sus amiguitas, tú fuiste y eres un hombre de verdad… Quiero estar contigo, sólo contigo, Quiero que seas mi novio!»

Viernes. 12:00 P.M.

Atrás de una de las Academias de Aquella Famosa Universidad, un campo lleno de árboles pequeños y grava mediana está tan alejado del bullicio, y tan cerca al mismo tiempo de la Madre Tierra, que se torna un lugar de exquisito valor para las personas que quieran almorzar en paz, disfrutar de sí mismos… O sostener las mejores conversaciones al son de aire puro, agradable luz de sol y melodías inconclusas y, a veces, destempladas.

Y era justamente esa tarde en la cual se encontraban dos entrañables amigos perturbando la paz de tan agradable sector con sus risas.

«En serio, ¿Eso te dijo?» Preguntaba Aria, apenas pudiendo articular palabras entre carcajada y carcajada. «¿Puedes creerlo?» Respondió Miguel, con una sonrisa moderada, mientras su espalda descansaba recostada en una de las palmeras del lugar, al tiempo que acercaba una cucharada de su casero menaje a la boca.

Y es que, de cierto, aquellas últimas palabras eran increíbles, aún para la menos avezada de las mentes que conocieran tal retahíla.

Ahora resultaba que Sofía se tornaba perdida y súbitamente enamorada de Miguel, y se lo decía apresurada, por el medio que más frecuentaba, en el momento exacto en que él la dejaba luego de descubrir tantas y tantas mentiras.

«¿Y qué le respondiste?», inquirió la chica, con algo de morbo entre su curiosidad.

«‘Adiós, Sofía’. Eso le dije, luego cerré la ventana, cerré sesión y apagué la máquina», respondió él, tan apacible como siempre.

«No puedo creerlo. En serio, ¿Hasta ese extremo pudo llegar? Digo, no puedo creer en cabeza de quién podría caber algo así. Es que, aunque fuera cierto…»

«Nadie lo creería, ¿No?», respondió apaciblemente Miguel, completando entre pequeñas risas la frase de su más sabia amiga. Y era cierto. Sencillamente, no había forma de creer en semejante retahíla de falacias, y menos… Ahora. La última treta de Sofía fue detenida, y con eso todo su juego fue develado. Ahora él y, más importante aún, su amigo, se habían quitado ese problema de encima, y tenían lo que habían deseado desde hacía mucho tiempo. Era momento entonces de celebrarlo, y qué mejor manera de lograrlo que conversán…

«¡Compañeros!», exclamó una voz en la distancia, distrayendo la rápida mente de Miguel, al igual que sus ojos…

Al ver de quién se trataba, se levantó rápidamente y, con pasos pausados, se acercó a quien llegaba a ellos. Al verse cara a cara, ambos hombres levantaron sus brazos y sellaron el final de tan traumatizante odisea con un abrazo fraternal.

Aria sonreía con satisfacción. Ya era hora de que esto sucediera.

«Buen juego», dijo Miguel, en la forma de un susurro orgulloso, al oído de su interlocutor.

«Bien jugado», respondió John, con una voz pausada y satisfecha, al hombre que lo abrazaba con fraternal cariño. Por fin su pandemónium había concluido.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, un grito, voraz y furibundo, desgarraba el aire alrededor y retumbaba los cristales de un pequeño apartamento.

¡MALDITOS! ¡MALDITOS SEAN TODOS!

Las lágrimas de Sofía surgían pausadamente de sus ojos entrecerrados. No había sonrisas.

Se le fue el hombre que deseaba con tanta obsesión, también al soldado que había reclutado para recuperarlo, o destruirlo en su defecto. Todo, en una sola mañana.

Había perdido.

Revoloteaba por las inmediaciones de su habitáculo, perdida en su propia furia. Y un susurro, que se repetía en su propia soledad, y hacía eco en el vacío, hizo que se recostara sobre su cama destendida, con las piernas recogidas entre sus brazos, y sus ojos desvariando entre la ira y la tristeza…

Yo soy una buena mujer… Yo soy una buena mujer… Yo soy una buena mujer… Yo soy una buena mujer… Yo soy una buena mujer… Yo soy una buena mujer…

Su plan había fracasado. Y su futuro… Sería incierto desde entonces.

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