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Ojos de Serpiente: Deja Vu

«Miguel, ya no lo soporto más. Realmente lo intenté, pero definitivamente no puedo dejar de compararte con John. Te quiero, sí, pero no como tú lo quisieras. Lo lamento mucho, pero es mejor que terminemos…».

Miguel bajó la cabeza. Entrecerró la mirada y dio un suspiro. Luego, esperó unos treinta segundos, en el silencio de su mente, rodeado de sus voces suspirando al unísono con él. Después subió la cabeza, miró la luna menguante que le daba algo de paz, parpadeó dos veces, y bajó la cabeza, mirando a Sofía.

«No te preocupes», dijo con un aire de aparente tristeza. Aunque lo que le inundaba, en medio del humo de narguile, las charlas banales y los intentos desesperados porque la música del bar de siempre le llegara a toda la absurda cantidad de personas alrededor, era una completa frustración.

Porque sabía.

 

Ni siquiera se dio a la tarea de poner atención a lo que ella decía. Tantas cosas que había vivido a su lado en tan poco tiempo le daban una perspectiva más que suficiente de lo que ella quería decirle. Él sólo tenía que repasar en su cabeza un par de palabras en momentos específicos para saber dónde va el hilo de su discurso.

 

… Amo a ese hombre…

… Tu soberbia, y tu arrogancia, y tu prepotencia, no me dej…

… Cuando amo, me entre…

… Odio a ese hombre…

… Cuando alguien te diga la verdad, escú…

… Yo soy una buena mujer… Como por veinte-enésima vez…

… Amo a ese hombre…

 

«Tranquila, todo estará bien», responde él, casi por inercia, en el momento exacto en que ella le dice «No me dejes». El Migue, para su propia desgracia, había aprendido a predecir a su, ahora, ex-novia…

Después de unos segundos de suspiros silentes, Sofía le dio algunos segundos, mientras iba al baño luego de su café, para inhalar nuevamente el vapor de ese despiadado trozo de muerte, que ya había encendido y que iluminaba, rojas, las puntas de sus dedos.

No podía evitar sentir lástima de sí mismo.

 

Lo vi venir. Y seguí aquí.

No puedo creerlo.

¿Cómo pude ser tan estúpido?

 

 

 

No es la primera vez que le sucede algo como esto. Gloria, alguna vez, le hizo la misma jugarreta. La frase fue distinta, por supuesto, pero lo que quiso lograr era lo único que alguien que, si bien podía ser manipulado, era capaz de «ver a través de las ilusiones», evitaba a toda costa.

 

  • Tú lo que quieres es que terminemos, ¿Verdad?
  • ¡Sí, Gloria! ¡Te lo había advertido, que no me la ibas a hacer dos veces!

 

Cómo se arrepintió Miguel, en aquellos instantes en la mesa que tantas veces lo vio llorar por ella, así como con José, la voz de su conciencia, o con Gabriela, su compañera de tantas bohemias y lágrimas tardías de despecho, de haber despreciado a aquella buena mujer, en vez de haberla comprendido en su momento.

Tal vez sus destinos no estaban destinados a permanecer unidos, pero si hubiera actuado distinto…

… Si hubiera actuado distinto…

«¡Oye, te estoy hablando, pon atención!». Las palabras de Sofía distrajeron a aquel pensador de sus propios recuerdos. No había notado que ella había regresado. Y, para su propia sinceridad, tampoco es que le hubiera importado.

Ya suficiente tenía con tener a Gabriela en otra mesa, con su punzante e hiriente mirada clavada sobre su cuello, cual si de un vampiro malhumorado se tratase.

 

  • Perdóname, me metí en mi cuento por un momento. ¿Qué me decías?
  • Te decía que no hay razón para que sigas peleando con Gaby, es una chica linda y me agrada, y ustedes se la llevaban tan bien…
  • Ya te lo he contado, no sé por qué no me habla… Pero igual, si lo deseas, puedes preguntarle, está en la mesa detrás de mí.
  • No, es que me da susto…
  • ¿Por qué? ¿Es que te gusta, o qué?

 

Obviamente, ese último comentario era más una broma que cualquier otra cosa. Sin embargo, nada lo tenía preparado para lo que ella aprovecharía para decirle.

«A decir verdad, sí, a mí me gustan las chicas… Y Gabriela me gusta, pero como es tu amiga…»

 

 

 

 

 

Pasaron algunos segundos en silencio. Miguel es un hombre de mente abierta, pero no esperaba tal calaña de información, y menos en ese momento exacto.

Sin embargo, supo reaccionar.

 

  • Vale, yo lo entiendo…
  • Sí, yo se que tú lo entiendes, lo que pasa es que el otro día estuve charlando con ella y nos despedimos de forma normal, pero me quedaron unas ganas tremendas de darle un beso y me daba pena, pero ahora que te lo he dicho me siento mucho mejor…
  • ¿Ah?
  • ¿Te molesta?
  • No, claro que no, sólo que… Realmente, me sorprende, es todo…
  • Igual quisiera saludarla…

 

 

Si alguien en el mundo podría entender realmente qué diantres estaba pasando en ese momento, era la amiga que él quería con toda su alma, y que «lo odiaba a muerte».

Sin embargo, lo que realmente le heló la sangre fue lo que vino unos segundos después…

 

 

 

De hecho, no me lo vas a creer, pero Alma me gusta, me ha gustado desde hace mucho tiempo…

He tenido sueños eróticos con ella inclusive…

Lástima que haya decidido odiarme y destruirme.

De otra forma, todo sería tan distinto…

 

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