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Ojos de Serpiente: Hacia el Vacío

La vida de Miguel transcurría como la de cualquier otra persona, llena de historias que contar que se olvidaban a cada segundo.

Entre sus idas y venidas, con sus minúsculas unicidades, se las arreglaba para ser un hombre normal en una ciudad típica. No le preocupaba encajar, o al menos no más allá de lo que su mente divergente le permitía, en los tiempos que le quedaban entre su universidad, su trabajo y la batalla constante en contra de lo que el solía llamar «sus voces»: Esos ecos disonantes provocados por una maraña de pensamientos erráticos en constante conflicto dentro de su cabeza, y que siempre se van tan rápido como llegaron.

Su día a día estaba lleno de costumbres: Salía de casa casi todos los días, ya sea a la universidad o al trabajo, hacía lo que debía hacer, luego regresaba caminando a casa para encontrar un poco de tranquilidad y descanso en lo único en lo cual podía moverse tan rápida y difusamente como lo hacían sus pensamientos.

Y aquella noche no fue la excepción. Se sentó a la computadora, verificó con sus cuadernos las tareas que le habían puesto horas antes, y comenzó a resolverlas mientras disfrutaba del juego de turno, al tiempo que la famosa red social le permitía hablar con sus amigos.

Y todo iba bien, casi todas las tareas habían terminado, el juego estaba entretenido en su momento, la conversación con Gaby estaba realmente agradable, había cenado y el sudor había desaparecido de su espalda…

«Sofía te ha enviado una solicitud de amistad».

No le tomó mucho tiempo darse cuenta de quién era ella. Luego de un par de clics estaba ante una pequeña colección de fotos. En ellas había una mujer delgada, de altura promedio, piel blanca y cabello negro y brillante.

La mayor parte de las veces se le veía sonriendo, y en otras ocasiones se le veía con una expresión seria, fría, casi enigmática. Pero lo que a Miguel más le cautivó fueron sus ojos grandes y verdes.

¿Está… Mirándome?

Lo cierto es que Sofía le parecía realmente hermosa, y Miguel sabía de quién se trataba. Además, John había conversado sobre ella en la oficina hacía poco. Por lo que no le tomó mucho intuir el por qué de sus intentos por contactarlo.

Así que ahí estaba, con la imagen de una bella mujer frente a su pantalla y, aunque no solía tener mucho éxito en el arte del romance y no aspiraba a nada con ella, se encontraba obnubilado.

Debió preguntarle a John.

Debió comentárselo a Gabriela.

Debió consultarlo con su almohada.

Pero…

Debe querer conversar, supongo.

Nunca hubiera imaginado que, al presionar ese botón, desataría la cadena de eventos más infernal que jamás pudo imaginar.

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