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Ojos de Serpiente: La Caída

De pronto, todo se fue al mismísimo infierno.

 

Miguel a duras penas trataba de comprender cómo pasaba cada cosa en su momento, pero era tan rápido, como una vorágine de eventos casi aleatorios, que no alcanzaban a tener suficiente sentido para que él pudiera establecer algún patrón.

Comenzó un fatídico sábado, tres semanas después de aquellas ominosas fotografías. Natalia, una chica de una tierra lejana a quien Miguel conoció por medios poco convencionales, pero a quien le guardaba una gran amistad y respeto, lo contactó por la famosa red social, pese a no tenerse como contactos en ella.

 

  • Hola, Miguel. Soy Nata.
  • Ah, hola, vieja amiga. Gusto en saludarte. ¿Qué te trae por aquí?
  • He hablado con personas cuya opinión respeto y he decidido darte la opción de que expliques tus acciones.
  • No sabía que mis acciones requirieran explicación. Pero, dime, ¿Qué sucede?
  • Dime qué pasó con las fotos estas, y por qué te has metido con Sofía.
  • Ay, bendito… Aquí vamos…
  • Dime, tu sabes que no me gusta ir con rodeos.
  • Bueno, te lo pondré de esta manera: Alguien sale con una persona una noche y no hay ningún problema. ¡Pero si ese alguien resulto ser yo, todo el mundo manda un grito al cielo!
  • No, espera… No entiendes.
  • ¿Pero qué se supone que no deba entender? Si no he hecho nada malo y tenía entendido que tengo derecho a salir con quien quiera, ¿por qué?
  • No se trata de ti, con quién salgas es tu problema.
  • ¡Pero no lo parece!
  • ¡El problema es que es ella! Es que es ¡Precisamente ELLA!
  • ¿Pero qué tiene de malo ella?
  • Si no la dejas, todos los que te quieren te abandonarán. Y también yo.
  • Pero no entiendo…
  • Sofía es una perra. Y no importan tus buenas intenciones, eso no cambiará jamás.

La conversación paró bruscamente ahí. Miguel intentó hablar con ella varias veces, durante y después de eso. Pero, como él lo sabía, Natalia era una mujer de palabra, tal vez más radical que cualquier otra persona que hubiera conocido en otro momento.

Pero lo que más le sorprendió, fue lo que ocurrió después.

 

 

 

  • Miguel.
  • John, ¿Cómo vamos?
  • Yo se que usted puede ser imprudente, obtuso en muchos casos, pero ¿Esto?
  • ¿Ah?
  • No lo puedo perdonar por esto.
  • ¿Qué?
  • ¿Dos novias? ¿Y creyó en serio que no nos íbamos a dar cuenta?
  • ¡¿Cómo?!
  • ¡OLVÍDESE DE MI AMISTAD, MIGUEL!
  • Pero, ¿De qué me está hablando?
  • John…

 

 

 

 

 

 

Antes de que tan siquiera pudiera tratar de interpretar lo que ocurría, la cuenta que poseía en la famosa red social empezó a ver desaparecidos a muchos de sus amigos más cercanos.

Al fin pudo acicalarse, como hacía cada mañana antes de abordar su transporte e irse a trabajar, como todas las semanas. En el trayecto a su sitio de labores, intentó desesperadamente comprender algo de lo que ese día le estaba manifestando.

Pero no pudo. La confusión y el enojo no le permitieron pensar con claridad.

 

Su trabajo involucraba el uso constante de una computadora, por lo que pudo conectarse nuevamente a la red social, para tratar de encontrar un ápice de sentido entre la sarta de locuras que habían ocurrido en esas pocas horas.

Gabriela no estaba. Ya lo había abandonado tres días antes. Ella fue solamente la primera.

José no estaba. Estaba lejos y no se sabía si aparecería a tiempo, antes de que su cabeza divergente explotara a costa de conjeturas acumuladas.

En esencia, Miguel se encontraba por su cuenta.

 

 

 

Pero la tarde frente a su computadora, en su sitio de trabajo, apenas empezaba a darle horrores. Trató de hablar con Alma, pero su impactante respuesta, antes del inmediato abandono con el cual se unía a todos los demás, lo llenó de perplejidad.

«Tu le hablas a esa maldita mujer, y además la cagaste con todos nosotros, así que no volveré a hablarte.»

 

 

 

¿Qué? ¡¿QUE?!

Sus voces gritaban y gemían cosas inenarrables, incluso incoherentes. El enojo se convirtió en ira, y lo superó por completo en ese momento. Pero, aunque podía y tenía razones para hacerlo, no le reclamó nada a nadie. No por orgullo, sino por un delicado entretejido de traumas que habitaban en su cabeza.

Si algo digo, el «bullying» será incontenible. Mejor callo.

 

Aria, su mejor amiga, su sabia consejera, también fue objeto de sus preguntas al respecto. Mientras las personas seguían desapareciendo de su perfil y de su vida, la respuesta de ella fue tan razonable y prudente como sensata. «No voy a opinar ni a favor ni en contra por aquí. Tenemos que hablar, y es mejor en persona, pero recuerda siempre que, si esta es la decisión de tu corazón, tienes mi apoyo».

Fue una de sólo seis personas que no abandonaron a Miguel.

 

 

Eso quedó en aquella tarde funesta de sábado, entre índices acusadores, abandonos abruptos y rostros sombríos a quienes no les importaba el destino de un freak más en este mundo sombrío…

Seis. Los que Miguel más quería. Los mejores.

 

Y una pregunta macabra que lo perseguiría por más tiempo del que podría soportar.

 

Y ella.

 

Sofía.

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