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Ojos de Serpiente: Mordedura

«Quiero que todos los que están interesados en arruinar mi vida me dejen en paz en este proceso. Se que les duele mucho ver que alguien sea feliz, pero lo seré de todas formas. He encontrado a un hombre maravilloso, y planeo comenzar una historia bonita con él. Así que, por favor, déjennos en paz. Cordialmente: La novia de Miguel.»

Muchas personas vieron este mensaje, colgado de manera pública en la famosa red social, tres días después de aquellas desastrosas fotos y sus consecuencias, que apenas empezaban a manifestarse. Lo hizo para intentar calmar la tormenta, pensaba Miguel tratando de justificar y darle un sentido de heroísmo a las acciones de la chica que le gustaba, máxime con esa terrible historia que le había contado, con la que le pidió que «la salvara».

Además, ella se notaba feliz por haberlo hecho y, cuando él le preguntó el por qué, Sofía dio una respuesta implacable:

«Yo soy una buena mujer, y no permitiré que alguien más se meta en mi vida, y si quiero ser feliz y puedo serlo contigo, ¿Por qué no?».

Miguel solo pudo sentir una profunda alegría al leer estas palabras en su pantalla. Después de todo, había alguien en el mundo que se fijaba en él, y eso le llenaba de una profunda sensación de paz. No se sentiría solitario, como ya estaba acostumbrado desde los tiempos de Gloria, a quien él considera la mujer de su vida.

Ahora, los comentarios se habían reducido a muy pocos. Al momento de ver las reacciones tan nefastas a las dos imágenes que fueron semilla de tanta discordia, él había decidido tomar el asunto en sus propias manos. Conversó directamente con cada persona que expresó algún mensaje de odio, repulsión o discordia. En todas esas pláticas, la constante fue la misma: A cada persona que opinó, el le daba el máximo respeto posible, y pedía lo mismo en retribución.

Al fin y al cabo, dentro de su voluntad (o terquedad, dependiendo de cómo se vea), era decisión de él meterse, o no, con aquella mujer que tantos consideraban indeseable y, aunque él estaba empecinado en la tarea de averiguar por qué, lo que había visto en ella no le daba suficientes argumentos para considerar ni la mitad de aquello de lo que ella era acusada y, si ella era realmente lo que decían, sólo él pagaría por cualquier error que le llegara.

Pero consideraba que no era tan real ese concepto, solamente una percepción.

Lo cierto, sin lugar a dudas, es que debía amainar cualquier posible consecuencia de aquél mensaje, y mucho más si iba a entablar una relación formal con Sofía, al fin y al cabo aún tenía asuntos pendientes por finiquitar si quería hacerlo y ninguno de los involucrados en tales cuestiones debía tener malas consecuencias como producto de ello.

Así que, pronto, Miguel convenció a Sofía, a su manera, de su preocupación, y la publicación fue removida.

Sin embargo, aquel mensaje fue visto por muchas personas, muchas más de las que Miguel se hubiera imaginado. Y pronto, Helena lo sabría.

Pasaron entonces dos noches más, y un bar que él solía frecuentar fue el escenario de una conversación entre dos amantes que habían sabido forjar una hermosa amistad y un entrañable cariño, fundamentados en la libertad, el entendimiento y el compañerismo, propios de dos personas razonablemente conscientes que compartían estudios y conocimientos en común.

Miguel le informó a Helena, como lo habían pactado en algún momento, que había conocido a cierta persona y que le gustaba. Antes de comentar siquiera los detalles, ella le interrumpió. «No me digas nada. ¿Quieres estar con ella?»

El hombre se tomó algo de aire para poder exclamar las dos letras que marcarían el final de su camino con ella.

«Si».

«Miguel ha marcado que tienes una relación con él. ¿Aceptas?»

 

El mensaje estaba fijo en la pantalla de Sofía y su significado no podía ser más evidente. Habían pasado ya cuatro días desde que removieron el anuncio solemne que ella había plantado en su perfil.

Dirigió entonces el cursor a uno de los dos botones que acompañaban a ese mensaje.

Las consecuencias de la cadena de eventos desastrosos que comenzaron aquella noche harían una irreversible mella en toda una sociedad de amigos, y ni siquiera ella misma podría haber visto los alcances de tan funestos acontecimientos.

En la soledad de su habitación, entrecerró ligeramente los ojos y sonrió lentamente, porque sabía lo que venía después. Tomó un satisfecho respiro y, sin más preámbulos, dio clic.

Todo había comenzado.

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