Tratando de desahogarme (Parte 1)

Hay quien dice que expresar lo que sientes, tu dolor y sufrimiento, se supone que es inmadurez.

Si es así, entonces soy un inmaduro irremediable y me importa un reverendo carajo si es así, mi querido lector. Pero no soy capaz. Simplemente, no quiero callar esto. Y ya no tengo lágrimas para llorarlo, ni terapeuta a quién contarlo.

Entonces, sí. Si así lo quieres creer, tú que me lees ahora, soy inmadurísimo. Disfuncional, estrambótico, dramático, infantil, «chillón», usa los calificativos que te de la gana, no me importa. Pero lo que no soy, y eso no pretendo siquiera discutirlo, es un idiota buscando atención o perdones estúpidos de gente a la que no le importa opinar «desde la barrera» (o que buscan los tales likes, lo que me parece peor, pero ese cuento lo echo después).

Por eso mismo escribo lo que pienso y siento en éste, mi espacio, y no en cloacas digitales tan desdeñables como Facebook, X (antes Twitter y pronto parodia de Tinder), Instagram y otros similares. Y todo esto, mi querido lector, para decirte que lo que vas a leer a continuación es completamente real y que no lo estoy escribiendo con la intención de que sientas lástima de mí. Si ese no es el caso, te pido encarecidamente que busques otra entrada y te retires de esta.

Y es que escribo esto en este, mi espacio frente al mundo digital, porque, siendo enteramente sincero, no tengo a nadie más con quién hablar. Las personas con quienes he conversado de este asunto no quieren saberlo. No quieren saber lo que siento, sólo dicen que lo olvide.

Como si tal cosa fuese posible, ya no digamos fácil.

Pero no puedo. No puedo olvidarlo, ni a ella. Ella me atacó, y los siete meses que han pasado desde entonces han sido, a falta de otra palabra, infernales.

 

 

 

Desde el principio

Ocurrió una noche tranquila en la ciudad. El cielo no estaba particularmente nublado y mis clases de universidad recién habían terminado. Decidí, como solía hacer en algunas ocasiones, caminar hacia la zona del centro, a disfrutar de una sana descompresión del trajín de mi día acompañado de un trago suave y de muy buena música, en un bar que frecuentaba y que, hoy, ya no existe.

De lo poco que recuerdo de ese momento, ahora tan lejano en mis memorias, sé que me encontré con alguien que, por aquel entonces, consideraba mi amigo. Como con las grandes aventuras de los libros fantásticos que he leído a lo largo de mi vida, este encuentro fue fortuito. Y con justa razón.

clear drinking glass on brown wooden table

El hombre se encontraba departiendo con varias personas, las cuales tuvo la gentileza de presentarme. No recordaba a una de ellas, con quien pude tener una cierta conversación. Y en esas, que llegó… ella.

La mujer con quien conversaba me la presentó, y la noche fue buena por ello. Nuestra conversación se extendió por largas y largas horas, mientras los licores seguían llegando y desapareciendo en medio de humos. Luego de un interesante debate sobre la naturaleza del arte (y una silla que se quebró), ella alcanzó el punto en que la alegría provocada por unas cuantas copas se convertía lentamente en el inicio de una de aquellas borracheras.

Yo me encontraba muy contento. Si me conoces, mi querido lector, sabrás que no soy de esas personas que puedan jactarse de ser carismáticas o sociables, una de las grandes complicaciones que acompañan el dudoso honor de tener una mente divergente. Pero esa noche, en medio de una dudosamente agradable compañía con la que no me sentía enteramente cómodo, ella llegó.

 

 

Me sentía a gusto con ella, disfrutaba la conversación y los gustos en común, disfrutaba nuestra charla, desde explicarnos mutuamente por qué un cantante me gustaba o le gustaba, y por qué otro me disgustaba y a ella le gustaba, y descubrir en el proceso que nuestros gustos eran muy similares, hasta hacernos preguntas sobre cómics y personajes de ficción o fascinarnos con la incómoda similitud entre disciplinas tan diferentes como las artes y la ingeniería. Fueron risas y momentos cómodos entre ella y yo. Y sentí, dentro del todo de las cosas, algo que no había experimentado salvo con una cierta persona a lo largo de mi vida. Sentí que lo que soy, con toda mi rareza y el desagrado del mundo de los normales hacia ella, había encontrado un lugar y una persona que lo apreciaba, que disfrutaba mi compañía con honesta sinceridad. Sentí amistad, sentí una sonrisa hacia mí. Es una extraña sensación, pero me fue agradable en aquel momento, así que me di permiso de disfrutarla como, sólo con mi mejor (y hoy por hoy, tal vez único) amigo, la lograba disfrutar.

En medio de la velada pude advertir que esta mujer, con quien estaba disfrutando una amigable cantidad de horas de tertulia y música agradable, se notaba cada vez más melancólica. Una ex-pareja, como suele suceder para la mayoría de personas, era la causante de la desdicha que subyacía tras su alegría y gusto por la bohemia y la noche citadina en aquel momento. Al final de la velada el deseo de ayudarle de alguna manera se manifestó en mí y, muy ingenuamente, escribí una carta para dejarle un mensaje que pudiese leer de vez en cuando, cuando la tristeza la embargase más que nunca.

Ya no recuerdo lo que ese trozo de papel arrancado de un cuaderno decía, honestamente, excepto por las dos primeras palabras: «Sé feliz».

Me sentí contento de poder tenderle la mano. Al fin y al cabo, se supone que ese tipo de cosas son las que hacen los amigos… ¿o me equivoco, mi querido lector?

Ella aseguraba que incluso hoy conserva esa carta… Aunque ya no estoy seguro de la veracidad de esas palabras.

 

 

Esa noche, hace ya más de 15 años, marcó el comienzo de una amistad que fue entrañable en mi esquema de valores, y dentro de la cual apreciábamos la compañía, el apoyo y la alegría que nos dábamos el uno al otro frente a cualquier situación, por positiva o adversa que pudiese ser.

 

… O, al menos, eso creía…

 

 

Seguramente a estas alturas, ya te estarás preguntando por qué me refiero a esta mujer, a quien me refiero con tanto… cariño, como, simplemente, ella. La razón de que no mencione su nombre es mi propia seguridad. Pero, llegaré a explicar esos motivos más adelante.

Lo cierto, mi querido lector, es que desde ese momento, tal como describiría el personaje de Forrest Gump, ella y yo éramos «como guisantes y zanahorias» (y por cierto, la referencia a esta maravillosa película no tiene nada que ver con algún enamoramiento, tal como lo haría el personaje principal por su amiga).

two hands

 

 

Y así pasaron los años, llenos sin duda de bonitas historias que ahora conservaré para mis adentros, en los anaqueles de la memoria y el olvido. Y, sin embargo, vale la pena mencionar un momento importante. Un punto de inflexión en nuestra amistad.

Sucedió que, en medio del camino de nuestras «idas y venidas», tuve ocasión de ser presentado con la misma ex-pareja de ella que tantas lágrimas le había sacado. Aquella chica, cuyo nombre también pondré bajo un velo de secreto por las mismas razones que el de ella, me permitió la oportunidad de conversar y de acercarme en una tonada amistosa. Sin embargo, mis intenciones eran buscar una salida pacífica al conflicto, aparentemente eterno, entre ambas mujeres, por el bien de mi amiga, de ella.

Sin embargo, una tarde cualquiera, aquella chica decidió llamarme para invitarme a tomar un café. Específicamente eso, invitarme a un café. Vi la invitación como una oportunidad para tomarme dicho café mientras trataba de conversar con esa mujer, para lograr una resolución apropiada para el conflicto de ambas, siempre del lado de quien, para ese momento, ya consideraba «mi mejor amiga». «Uno debe serle fiel a las ideas de los amigos», decía sabiamente la gran actriz Florina Lemaitre, mientras interpretaba uno de sus papeles más legendarios en la historia del cine colombiano, y esa fue siempre mi intención. Pero ella no lo pensó así. Decidió, en medio de celos e ira, cortar mi amistad con ella. Según lo que me informó, un tiempo después mientras nos reconciliábamos en otra noche cualquiera, una invitación a tomar un café, supuestamente, tenía connotaciones románticas y sexuales y el hecho de haber aceptado la invitación implicaba que yo, supuestamente, quería acostarme con aquella chica.

Y, sin embargo, lo más importante de esta anécdota es lo que entendí como la forma clara en que ella expresa su ira y su agresión. A partir de entonces, luego de nuestra reconciliación, tomé medidas para asegurarme de que algo como lo que había sucedido jamás volviese a suceder. Mantuve mis distancias con respecto a la pareja de ella, fuera quien fuere y sin importar qué tan agradable o amigable fuese y, lo más importante, si fuese a salir por un café de ahí en más, lo haría solo.

Aún hoy sigo sin entenderlo. ¿Qué tienen que ver un café y la seducción?

 

 

Y así pasaron los tiempos. Nuestra amistad, fortalecida por la adversidad, la dicha y la bohemia, sobrevivía a incontables pruebas, desde jornadas de estudio y trabajo que hacían imposibles nuestros encuentros hasta falsos amigos empeñados en destruir a uno o al otro, pasando incluso por rumores que decían que ella y yo, a falta de otra explicación para nuestra unión, «teníamos que ser pareja». Todas estas circunstancias fueron recibidas con una sonrisa y rebasadas sin mayores contratiempos. Yo siempre estuve feliz de tener a una gran amiga a mi lado.

Las mentes divergentes solemos apreciar mucho a nuestros buenos amigos, porque sabemos mejor que nadie lo escasos que estos son en la vida. Jamás me arrepentiré de haberla tenido en mi vida, aunque sea por poco tiempo. Aunque haya terminado como terminó.

 

 

Y así, pasaron los días y los meses. Pasaron las historias, siguieron pasando. Entre noches de bohemia, tardes de conversación y días de apoyo y amistad, ella se convirtió en mi soporte, por llamarlo así. Y fue bueno, en momentos muy difíciles su compañía y cariño le permitieron a mi mente sobrevivir y sonreír ante muchas adversidades.

Y sí, mi querido lector, sé que muchos dirán que lo que he sufrido «no es nada comparado con los niños en La Guajira, o los desaparecidos, antes debería estar agradecido». Y sé que son indecibles los muchos dolores, horrores y sufrimientos que muchos han pasado en el mundo. Pero esta es mi historia. Estas son mis memorias, y son mis sufrimientos. Y, aunque la mayoría se quede en mi palacio de los recuerdos, son importantes para mí, y por eso, a ella, le estaré agradecido…

… Aunque haya partido todo de la mentira.

man holding his left shoulder

 

 

Eventualmente, ella olvidaría a aquella chica, algo que todos los que conocemos a quien era mi amiga celebramos con profundos suspiros. Por fin, había la esperanza de que el pasado y las lágrimas en sus ojos dejasen de atormentarla. La página cerrada dio pie a nuevas páginas abiertas, que todos los que estábamos cerca pudimos leer poco a poco, con el paso del tiempo y de las noches inolvidables. Apreciaré mucho que, en medio de todo eso, ella haya confiado en mí para brindarle mi apoyo, por pequeño que fuese. Y lo hice, con todo mi corazón y mi fuerza lo hice.

Y entonces, llegó esa mujer.

 

 

Esa mujer se convirtió en la pareja de mi amiga en poco tiempo, y pronto su relación evolucionó. Lo vi con alegría y, en realidad, me alegré por ella. Ya era hora de pintar una sonrisa en su rostro, tan agrietado por las lágrimas y el dolor que, en medio de nuestras tardes y noches, no había logrado borrar de su alma. Así, esta nueva página se convirtió rápidamente en una historia que, por lo menos por un buen tiempo, creí que sería maravillosa.

Hasta que empezaron los problemas, y no fueron pequeños, debo decirlo. Los celos y la violencia se convirtieron pronto en una constante en nuestras vidas. Y digo «nuestras» porque pronto terminé en medio de sus conflictos. Sin embargo, y aunque siempre pacifista, supe pararme estoico y luchar por mi amiga. Por ella.

Porque ella era mi mejor amiga.

 

 

Ni siquiera en las peores pesadillas que jamás llegaré a recordar, me hubiera imaginado que el golpe que pondría en marcha mi tragicomedia iba a ser una puñalada. Y que vendría de mi espalda en una insípida noche de junio.

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