Tratando de desahogarme (Parte 2)

(Para leer la primera parte de este escrito, haz clic aquí)

Esa noche

Noche oscura. Las farolas y las sombras entre ellas bañaban las sucias calles del pueblo como un manto sepulcral. Caminábamos, mi aliento y el humo que desprendía con este se mezclaba con el frío aire nocturno. La luna, brillante por su ausencia entre las nubes, proyectaba sombras danzantes sobre el parque, a duras penas discernible. Esa noche, mi mejor amiga, ella, se convirtió en la sombra que acechaba en la penumbra, aún caminando a mi lado.

El parque, con un lago artificial en el centro rodeado de árboles sucios y adoquines desgastados por la mierda que la ciudad le daba de alimento, parecía susurrar los secretos de los bohemios que, en incontables veladas, se escondían entre sus recovecos y el viento entre ellos. Nuestros pasos tambaleaban, parecían resonar en la profundidad en las calles desiertas. Cuando ella cayó, presa del veneno etílico que a ambos nos embargaba, me acerqué para socorrerla. Un escalofrío recorrió entonces mi espina dorsal cuando sentí el empujón y la barandilla de metal se abalanzó hacia mi cabeza. Me giré, pero no vi nada más que la oscuridad. Fue entonces cuando el ataque ocurrió.

Un susurro en la brisa, un destello fugaz, y luego el impacto. Golpes y golpes en la oscuridad, como si las sombras mismas cobraran vida. Mi visión se nublaba con cada dolor en mi cuerpo, pero aún así, logré distinguirla. Su rostro, iluminado y avivado por una mezcla de locura e inconsciencia, no era la amiga que conocía.

Caí al suelo luego de varios golpes, luchando por entender el porqué de esta traición. «¡Por favor, no me golpees más!» grité en medio de lágrimas sin entender lo que pasaba, y entonces se detuvo. No parecía entender lo que acababa de hacer. Se comportó como si nada hubiese pasado.

En medio de nuestra ebriedad, que en ella se acentuaba y en mí desaparecía presa de la adrenalina, escuché un alegato. Luego, se levantó y se fue caminando hasta desaparecer en la vacía y oscura calle.

Llegué a casa esa noche, cojeando y agarrando mi frente con mi mano, le envié un mensaje de inmediato diciendo lo que sentía al respecto, sólo para encontrar silencio. Mi madre se dio cuenta de mis heridas y no pude ocultarle la verdad. No había excusa que valiera. Al fin y al cabo, es mi madre de quien hablamos, mi querido lector.

grayscale photography of man lying on floor

Al día siguiente

Al salir el sol, mientras yo intentaba sobrevivir al dolor en mi cuerpo la primera noche, ella se llenaba de rabia cuando mi madre le hizo un merecidísimo reclamo por el ataque. No me alegra que lo haya hecho, pero no encuentro razón para que alguien pudiere culparla.

Mi dolor, sin embargo, se reinició unos minutos después del reclamo. Sus mensajes, tal y como en el episodio de aquella chica, hace ya tantos años, estaban llenos de cólera, burla y maltrato. Comenzó con el más tonto de los reclamos, diciendo que no podía creer que tuviera que «pedirle permiso a la mamá para verse con sus amigos», y que no debí haberle dicho a mi madre lo que había pasado. Como si tal cosa hubiese sucedido realmente, como si hubiese salido corriendo a llorarle a los pies a mi madre diciendo que algún niño me había golpeado en el patio de la escuela, esperando que saliera corriendo, a grito herido, buscando justicia por un juego de niños o algo por el estilo.

La secuencia continuaba con expresiones donde me acusaba de inmadurez e irrespeto, incluso con improperios que, por respeto a quien sea que está leyendo esto, no repetiré aquí y que, de todas maneras, no termino de comprender. Luego, incluso trató de insinuar alguna suerte de indelicadeza. Mientras tanto, yo me encontraba en cama, haciendo de tripas corazón para no gritar y reventarme en lágrimas.

En medio de toda esa sarta de expresiones dolorosas y ataques continuos, el mayor dolor llegó cuando ella, educadora de profesión y por vocación, me aseguró que se encargaría de que su sobrino, que presenta una condición neurobiológica igual a la mía, aprendiera a nunca ser como yo.

Una educadora, perteneciente a los normales, me dejaba claro que lo que soy es inapropiado incluso para quienes son como yo.

Eso, finalmente, logró quebrar mi mente. En la soledad de mi casa, llegó a mí el peor de los pensamientos unos días después, luego de haber estado «apagado» por un tiempo por tratar de comprender lo que, aún hoy, me resulta incomprensible, y luego de haber agotado todos los analgésicos de mi botiquín mientras sanaba de mis lesiones.

 

 

Si soy tan malo que ni a los que son como yo sirvo, entonces no debería seguir en este mundo…

 

La poca cordura que me queda se puso en alerta inmediatamente. No soy tonto, sé lo que es un ataque de depresión y sé lo que ese pensamiento significa. Pero no contaba con ayudas fáciles y ya no quería involucrar a mi madre en este asunto, sus dolencias son delicadas y hablarle de lo que me estaba pasando abiertamente sólo la empeoraría.

Sólo me quedó una alternativa: La red social. Facebook, para ser exactos. Pronto, mi mejor (Y, tal vez, único) amigo reaccionó, y le conté lo que me estaba pasando. Me ha acompañado desde entonces, y le estoy eternamente agradecido por ello. También se unieron dos conocidos, y entre una y otra cosa logré dar con un terapeuta que, amablemente, se ofreció a ayudarme. Aunque, finalmente, la terapia fue fallida por lo que parece ser falta de interés de parte del profesional, pero en ese mes en que estuve atendiendo a su tratamiento, pude calmar mi mente lo suficiente para mantenerme hasta hoy, aunque sea «a rastras». Eso, y aprender cuatro expresiones que aún estoy analizando.

En esencia, sólo he logrado calmarme un poco desde entonces, y así trato de mantenerme todo el tiempo. Trato de mantenerme ocupado, trabajo constantemente, aunque no tenga trabajo, y distraigo mi cerebro para no volver a esa espiral maldita de dolor. Incluso estas letras son reflejo de mi intento de mantenerme tan cuerdo como me es posible, para no apagarme de nuevo, para no volver a ese pensamiento.

Sin embargo, en la oscuridad de mi cama en mis noches de soledad autoimpuesta por la comprensión final de que el mundo de los normales no me quiere cerca, vuelvo a pensar en esa noche, en el ataque, y en ella. Y en la pregunta que no deja de atormentarme.

 

 

Desde entonces

Las cicatrices en mi cuerpo son, para bien o para mal, testigos mudos de aquella traumática noche, pero la razón de su ataque sigue siendo un enigma que, aún hoy, aviva el dolor de las marcas en mi piel y atormenta mis noches de mal dormir. Nunca pude entenderlo, y es posible que esa duda me atormente por el resto de mi vida.

Las noches se volvieron mi enemigo desde entonces, temiendo que ella regresara de las sombras, encontrándola en una esquina o en la mesa de un bar, en un restaurante, en un parque o una calle cualquiera, en cualquier momento. Cada sombra me parece susurrar su nombre. Cada momento me invita a mirar por encima de mi hombro, a preparar mis pies. Pero no hubo explicación ulterior, ninguna carta, ninguna llamada, ningún mensaje. Solo el silencio.

 

Hoy, mientras escribo estas letras, no sé qué pensar de ese momento hace 15 años, cuando sentí compañía y cariño en su amistad, y permití que ella entrase en mi vida. No sé si era cierta o falsa su aceptación en aquel entonces, y no siento alivio en la incertidumbre que esa cuestión genera en mi mente. Pero, por mi bien, preferiré no averiguarlo y atesorar ese momento.

«Sé que me merezco muchas cosas en esta vida, pero esta golpiza no la merezco», le dije aquella noche, y lo sostengo. Pero, aún así, no logro comprender lo que pasó.

Sólo sé que la decisión de que ya no sea mi amiga no provino de mi madre, como podría ella, o tú, mi querido lector, estar pensando en este momento. Ni siquiera provino de mí, si lo analizas.

Mi amistad con ella terminó en el momento preciso en que me puso el primer golpe encima. Y aún así, no sólo la pregunta persiste. También, y aunque parezca paradójico o incluso masoquista, la extraño.

Sí, mi querido lector, la extraño.

 

 

 

Alan Wake, el ficticio escritor de tragedias sobrenaturales e historias de horror psicológico, podría haber plasmado mi historia en sus páginas mejor de lo que yo la he intentado plasmar en esta. La oscuridad se ha llevado a mi mejor amiga, y en la penumbra persiste un misterio sin resolver, una página arrancada de un cuento macabro que aún me persigue en la oscuridad de la noche.

Tal vez tú, que lees estas letras ahora, puedas darme una respuesta. Tal vez no. No lo sé, y no me importa. Pero, todas las noches cojeo y me duele la frente, aún después de siete largos meses de soledad y amargura, y este intento de sacarlo de mi pecho quedará en esta entrada, como testamento de lo que me ha ocurrido.

No sé lo que me depare el futuro desde ahora. Pero de algo, para mi desdicha, estoy seguro: Al terminar de cerrar los ojos, acostado en mi cama, intentando conciliar el sueño, una única frase invadirá mi mente, esta noche y por muchas más en el futuro.

¿Por qué?

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